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Pelicula Flash
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Acerca de “Malos pensamientos”
“Los malos pensamientos son más lúcidos y voluptuosos”, escribe Dani Umpi en el texto de presentación de “Malos pensamientos”. Entonces, empieza un recorrido por “lo malo” que hay en estas imágenes, por momentos de un pesimismo tan realista que se sobrepone a las criaturas cándidas de Mariano Grassi que ilustran la tapa de este libro: lo perturbador es –tal vez- que también en un mundo paralelo, a pesar de que estén trastocadas las leyes de la composición animal, allí donde la serpiente tiene cara de zorrito y donde los habitantes son osos/gatos, duendes cadavéricos o pollitos con cabeza en flor se mantiene la esencia de nuestros hábitos contemporáneos: cercar y amurallarse como máxima prueba de virtud para que un jurado como los de “Bailando por un sueño” celebre la capacidad de dejar al otro afuera: como el muro se construye lentamente y la serpiente/ zorrito está por pasar, el puntaje, por ahora, es un cero.
En lo extraño y en lo ajeno de estas fábulas/ postales/ viñetas/ dibujos hay una extrema proximidad con lo que nos toca. La subjetividad con que se recrea el concepto de “lo malo” tiende puentes, nos traslada no a pensarnos en falta, condenados, confesados ante un tribunal o un cura sino débiles o víctimas porque aquí “lo bueno” es muchas veces lo instituido, o lo que deberíamos estar haciendo y pensando. Lo “malo”, para Liniers, no responde al catálogo de los básicos de la maldad: ni violencia, ni envidia, ni recelo, ni resentimiento, ni delito. Lo “malo” es permitirle a su conejo/ alter ego distraerse pensando en “ese puntito de sangre” que lo hipnotiza desde su mano izquierda en vez de entregarlo al tiempo laborioso/ productivo que tendría que regir en sus horas de trabajo, en el escritorio y frente al ventanal.
Tal vez –pienso- “lo malo” cobre potencia cuando se hace pura conciencia individual, cuando es atravesado no por la normalización sexual/ social/ amorosa sino por los consumos culturales, la neurosis, los deseos privados de los autores: ¿dónde está lo malo en el trabajo de Daniela Luna? ¿en la erotización salvaje de la mujer en éxtasis, extraviada, atravesada por sus consumos excitantes? ¿O en los ojos blancos que delatan a la vampiro en el minuto después, privándonos de asistir a lo verdadero malo: lo que no es de este mundo, ficción fantástica sobre venas chupadas y conversos al lado oscuro que no podrían ser impugnados más que desde un lugar estético por los adversos al cine gore bizarro? Lo malo como un lugar en el mundo que comparte espacio con otros lugares, incluso tal vez como una posibilidad de apartarse de la masa, para diferenciarse, como reacción y no como transgresión. Ni rebeldes, ni herejes ni pecadores: sino singulares.
Abundan en “Malos pensamientos” las cabezas cortadas, que acotan lo malo a una cualidad de la razón. Lo malo de Max Cachimba aparece como una idea fija en una cabeza, idea estamentada, aislada del resto, nuclear y exclusiva, previendo un destino de inflamación e irritación, una cabeza a punto de estallar para los que “sólo piensan en eso”, un destino inaceptable para un marco social que valora y privilegia la dispersión, la variedad y la distribución pareja del deseo…. Lo malo como ausencia de vida, en Bianki, donde la repetición de cabezas cortadas reproduce la imagen de la calavera, y aun siendo calavera mantiene la voracidad de un pacman (en los ojitos de pacman), el gesto lloroso de la pena, el ofuscado de la ira, el amenazante del pirata: lo malo no termina en este mundo. Lo malo de Susana Bolaño como cabeza que se deshace en ornamento, decoración, objeto de intercambio de un mercado de consumo. O como cabeza, en el caso de Ignacio Noé, que responde con inusual expresión extasiada a la decapitación y la tortura: es pura interferencia y falla en el sistema de estímulos y respuestas que esperábamos ver.
Porque, sí, el desajuste es en estas ilustraciones el signo de un equívoco, el punto de pasaje a esa zona de espasmos, pequeñas contracciones, sacudidas, temblores que apartan a nuestros cuerpos y nuestras percepciones del terreno de lo cotidiano. Lo malo, en suma, es abandonar la lógica del hoy, del aquí y ahora, de esta escena colectiva en esta presentación, de las oficinas que dejamos hace un rato, de las cenas que nos distribuirán por toda la ciudad en breve. Lo malo es lo que no nos pasa, lo que querríamos que nos pasara o lo que tememos que nos pase: territorio de irrealidad que horroriza, tienta o espanta, pero que no está aquí. Lo apelación a lo defectuoso como ideal (qué otra cosa es un monotema vuelto a recrear por tanta gente que no sea un ideal) es una forma de abandonar preconceptos, de entender que una mujer que viene de hacer algo con un hacha y está bañada en una sangre multicolor (en Lala Ladcani) puede estar radiante, elegante y serena, no en fuga sino en exposición. Y que la mujer caníbal de la ilustración de Michele puede abrazar y devorarse con igual intensidad a los hombrecitos que tiene en su interior. La contradicción, al menos en “Malos pensamientos”, no es enemiga del entendimiento: lo malo tal vez sea desordenar la capacidad de decodificar escenas: ¿eso es lo que deberían estar sintiendo? Los signos se empastan, hacen convivir lo imposible, lo que se desmiente, se desautoriza mutuamente: candidez y descuartización en María Guerrieri, monstruos y ángeles en Juan Allaria, dulces conejitos con murciélagos y una serial killer en Clarimus, indefensos tomatitos (o naranjitas) con un robot aniquilador en Matías Vigliano, hasta descomprimir los estatutos tradicionales del sentido, para darnos a entender que, sí, quizá estemos interpretándolo todo mal, que seguramente no es lo que el autor habrá querido decir, que no puede ser que esté sonriente con tanta sangre en las manos, que no se corresponde ese éxtasis orgiástico con su absoluta soledad (de vuelta a la criatura de Daniela Luna) pero que por el momento, al menos en estas páginas, eso no importa. Habrá que abandonarse a la resignación de perder el hilo y dejarse llevar…
Julián Gorodischer.
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